Marcelo se queda en la tienda de Santiago

El dueño de la tienda se presentó como Santiago y le ofreció a Marcelo quedarse en el lugar, quien había escuchado a Arturo decir que ese mismo día debía regresar al pueblo para cumplir con sus obligaciones como el único conductor acreditado por la asociación de conductores a motor.

 

Marcelo aceptó de inmediato; regresar no era una opción para él. La señal de su Maestro Trascendido había sido lo suficientemente clara.

 

Pero pasaba el tiempo y la esperanza de Marcelo de que Teodoro retornara se iba esfumando con el transcurrir de los días, mientras tanto, se entretenía ayudando a Santiago en las labores de la tienda: unas veces lo ayudaba con el pan, que había aprendido a preparar en casa de su abuela materna, cuando los domingos en la mañana se reunían en familia a disfrutar de sus deliciosos desayunos; otras veces lo ayudaba con los clientes que se acercaban a la tienda a comer o a tomar algo antes de continuar su viaje por alguno de los tres ramales o puertas, como solían decirle a cada camino. Algunos aseguraban que esa era la causa por la cual a ese sitio lo llamaban Tres Puertas.

 

La realidad era que nadie sabía la verdadera razón de esa denominación. Otros, por ejemplo, decían que era porque la tienda tenía tres puertas: una a la entrada principal, otra a la derecha de esta, por donde se podía entrar a la casa sin necesidad de pasar por la tienda, y otra más en la parte posterior, en el retrete que usaban los clientes, el cual, entre otras cosas, debía ser modificado por no cumplir con las exigencias de las autoridades sanitarias: no tenía agua directa, y los clientes debían vaciarlo con un balde que llenaban en un pozo ubicado al frente de la tienda, donde los turistas, por alguna extraña razón, tiraban monedas para pedir un deseo, razón por la cual Santiago había tenido que poner un aviso agarrado de la polea: “Por favor, no arrojar monedas al pozo; los billetes y monedas tirarlas al piso”.

 

Pero no todos llamaban a ese sitio Tres Puertas, algunos turistas y extranjeros, por ejemplo, lo llamaban la Ye. Afirmaban que las tres vías se asemejaban a la letra ye del alfabeto griego.

 

Y los nativos no lo llamaban Tres Puertas, ni la Ye, sino Uvei, y no porque Uvei fuera una palabra nativa, sino porque la letra ye no existía en su lengua, por lo que trataban de formarla haciendo una especia de suma entre la uve y la i.

 

Pasaba el tiempo y el tedio se apoderaba de Marcelo cuando a la tienda no entraban ni las moscas. Fue el caso del día 12 de junio:

 

—¿Qué hacemos? —le dijo Marcelo a Santiago.

 

—¡Yo estoy acostumbrado! —respondió Santiago—. ¡Hacer nada también es hacer algo! —filosofó.

 

Marcelo le propuso que se entretuvieran contando chistes, a lo cual Santiago respondió:

 

—La verdad es que yo sólo me sé un chiste: “El del Maestro de Yoga”. Había una vez —dijo— un Maestro de Yoga que meditaba sentado al lado de un río. Uno de sus alumnos se le acercó y le preguntó: ‘Maestro, ¿cuál puede ser la causa por la cual no logro mejorar en mi práctica de Yoga?’.   ‘¿Has visto el agua del río, al amanecer, deslizarse cristalina entre las piedras del riachuelo?’, preguntó el Maestro. ‘Sí’, respondió el alumno. ‘¿Has visto el sol al atardecer evaporar el agua de la cascada que cae con furia sobre las rocas?’, preguntó el Maestro. ‘Sí’, respondió el alumno. ‘¿Has visto las aves buscar refugio entre las copas de los árboles cuando el sol se despide al caer la noche?’. ‘Sí’, respondió el alumno. ‘Ahí está la causa —dijo el Maestro—. Te la pasas haciendo otras cosas menos practicando’.

 

Marcelo sonrió.

 

Al día siguiente, las cosas fueron diferentes porque muchas personas entraron a la tienda, pero fue una mujer en particular la que más llamó la atención de Marcelo, y no precisamente por su belleza, aunque era bella, sino porque traía en su mano derecha un libro que dividía en dos con su dedo índice entre las hojas, insinuando que continuaría con su lectura dentro de la tienda.

 

El libro oscilaba en la mano de la mujer como un péndulo, mientras caminaba hacia la mesa ubicada al frente del lugar donde se encontraba Marcelo.

 

La mujer se sentó y efectivamente lo abrió donde señalaba su dedo índice. Pa’l Viaje, alcanzó a leer Marcelo en la tapa del libro.

 

Se trataba del título con el que Marcelo había soñado despierto aquel día en la pequeña choza del gran patio, cuando esperaba a que el Maestro Initiatio terminara su meditación.

 

Impresionado, soltó la masa del pan y salió del mostrador directo al lugar donde se encontraba la mujer:

 

—¡Yo soñé con ese libro! —exclamó.

 

—¡¿Perdón…?! —respondió ella levantando su mirada.

 

—¡Nunca me imaginé que en realidad existiera! —agregó Marcelo desconcertado.

 

—¡Ah…! —dijo ella—. ¿Se refiere al libro?

 

—Sí, por supuesto —añadió Marcelo, y le contó la historia, le expuso que había soñado despierto con ese libro, con el título y su contenido.

 

—¡Qué extraño! —replicó la mujer pensativa.

 

—Por supuesto que es extraño —aceptó Marcelo.

 

—No me refiero al sueño —aclaró ella—, sino a que yo no debería estar acá. Iba rumbo a mi casa como todos los días, pero el cierre de una de las vías alternas me obligó a tomar este camino —añadió.

 

—En verdad es extraño —aceptó Marcelo—, sobre todo porque yo tampoco debería estar acá: no pensaba venir a Tres Puertas ni mucho menos quedarme en esta tienda —aclaró.

 

—¿Qué te hizo tomar este rumbo? —preguntó la mujer.

 

—Una señal inesperada —respondió Marcelo—. ¡Estoy acá esperando a Teodoro!

 

—¿Teodoro? —repitió ella.

 

—Sí —recalcó Marcelo—. Teodoro es el ayudante de la tienda y la persona que me puede guiar hasta la casa del Maestro Medium.

 

—¡No puede ser! —clamó ella con asombro y abriendo bien grandes los ojos—. ¡Yo sé dónde vive el Maestro Medium! ¡Puedo llevarte si quieres!…