Marcelo se despidió de Santiago y salió de la tienda únicamente con su mochila. Dejó la maleta que lo había acompañado en varios Años Nuevos a dar vueltas por el barrio de su casa para llamar la fortuna de los buenos viajes durante el año.
Marcelo se subió al carro, y la mujer salió de Uvei conduciendo por el asta diagonal izquierda de la letra uve. Una buena noticia para alguien que le tiene buen agüero a su mano izquierda y, por supuesto, ahora también a su pierna izquierda.
—¡Mi nombre es Marcelo! —se presentó mientras agarraba la hebilla del cinturón de seguridad y la metía en el broche de adelante en el puesto del pasajero.
—¡Tienes el mismo nombre del protagonista del libro! —dijo ella.
—¡Es cierto! —afirmó Marcelo, y tratando de mantener el diálogo con la mujer, le preguntó—: ¿Ya terminaste de leer el libro?
Aunque sabía que no, porque precisamente lo estaba leyendo cuando la interrumpió dentro de la tienda.
Pero ella respondió en contrario:
—Sí, ya terminé de leerlo —aclaró—, pero estoy volviendo a mirar algunas cosas que subrayé, cosas que quise volver a leer o que me dejaron con duda.
—¿A qué cosas se refiere? —interpeló Marcelo, interesado en saber qué pudo haber llamado la atención de la mujer al punto de ingresar con su dedo índice entre las hojas.
Ella respondió:
—Varias cosas llamaron mi atención; por ejemplo, que en el capítulo uno, cuando el protagonista logra apagar la alarma de su celular, eran las 04:04.
Marcelo la miró desconcertado…
—¿Y eso qué significa? —la cuestionó.
—Quiere decir —aclaró ella— que desde ese momento el protagonista del libro empezó a ver números iguales que se repiten… Significa —agregó entusiasmada —que el protagonista del libro empezó a recibir señales de su Maestro Trascendido mucho antes de viajar a la Tierra de los Maestros.
Marcelo asentó con la cabeza.
—¡Tienes razón! —dijo.
—Pero eso no es todo —prosiguió ella—, el libro dice que Marcelo soñó que era un niño y que vivía en un templo y que al cumplir doce años los monjes se los celebraron en pleno mediodía.
Marcelo la miró sin entender…
Ella le aclaró:
—Mediodía son las doce. Quiere decir que si le festejaron los doce años en pleno medio día se puede interpretar como las 12 y 12.
—Parecen señales —admitió Marcelo.
—Hay una cosa más —agregó ella.
—¿Otra cosa?
—Sí —enfatizó la mujer—. El libro menciona que, para ir a la casa del Maestro Initiatio, hay que cruzar el puente del pueblo y caminar diez cuadras hacia abajo; voltear a mano derecha y, en la esquina siguiente, a mano izquierda. Sobre esa intersección hay una casa que mide diez metros de frente, luego está la casa del Maestro Initiatio, que ocupa hasta la otra esquina.
—¡Es correcto! —aseveró Marcelo—, pero ¿y qué pasa con eso? —interrogó.
—Si en una hoja de papel dibujáramos lo mencionado: las diez cuadras abajo del puente y los diez metros de frente de la casa de la esquina, proyectados sobre una línea recta, formarían las 10 y 10, la hora exacta en la que nació el protagonista del libro.
De pronto, la mujer giró abruptamente en medio de dos matorrales, por una carretera estrecha, destapada y sin señalización.
—¡Casi me paso del camino! —dijo mientras recomponía el rumbo moviendo con rapidez el timón.
—¿Este es un atajo? —preguntó Marcelo.
—No —respondió ella—, es la única vía que conduce a la casa del Maestro Medium, hay que conocer el camino para no perderse —advirtió—. El título del libro —continuó diciendo ella, y retomando el tema— se puede prestar a interpretaciones.
—¿Se refiere a Pa’l Viaje? —acotó Marcelo.
—Sí —contestó ella—. Al principio pensé que el título podría estar relacionado con el viaje de Marcelo a la Tierra de los Maestros y con el dibujo de la carátula, por supuesto, pero me sobraban un tren y un barco —agregó sonriendo.
—¡Es cierto! —dijo Marcelo—, porque el protagonista sólo usó transporte aéreo y terrestre, pero en la carátula, además, hay un tren y un barco —agregó señalando el libro.
—Luego pensé —dijo ella— que el título del libro podría estar relacionado con doña Emilia, cuando le empacó las arepitas de maíz a Marcelo y le dijo: ‘Pa’l viaje, para que no vaya a aguantar hambre en el camino’. Pero al terminar de leerlo, creí que más bien podría estar vinculado con el viaje por la vida, si es que consideramos la vida como un viaje.
Los dos guardaron silencio… Luego ella agregó:
—Pero hay algo más.
—¿Algo más? —indagó Marcelo.
—Sí, hay algo que no he podido entender —admitió ella—. No logro descifrar por qué el protagonista del libro terminó de leer la semana once justamente a las 11.
—¿Eso qué tiene de especial? —cuestionó Marcelo.
—El número once —respondió ella— es muy importante en la Tierra de los Maestros, es el número de la consciencia, de la percepción y la sabiduría. Lo que descubrí al terminar la lectura, me dejó aún más sorprendida: el fin de esta es con la palabra desasosiego, que precisamente tiene once letras…
No hubo tiempo para más preguntas: se hallaban ante la casa del Maestro Medium.
—¡Hemos llegado! —dijo la mujer parqueando al frente de la casa.
—¡Gracias por traerme! —dijo Marcelo—, pero no puede despedirme sin saber su nombre.
—Ella sonrió:
—¡Sandra Liliana! —dijo—. Tanto hablar, y no le había dicho mi nombre —admitió.
—¡Fue un gusto conocerla, Sandra Liliana! —dijo Marcelo. Y se bajó del carro.
Cerró la puerta y le dio la vuelta al vehículo por delante para subirse al andén.
Caminó por este unos cuantos pasos y, como no escuchó el carro arrancar, volteó su mirada para darle un último adiós a Sandra Liliana, pero no vio a nadie…
La calle estaba vacía, sin carros y sin Sandra Liliana.
Habían desaparecido como por arte de magia y sin dejar rastro.